La sociedad vive del testimonio, declaró San Agustín. Puede que, en el fondo, así sea.

Libre de intereses, con lo que pueda haber en mí de buena fe, consciente de la responsabilidad del testigo y asumiendo el testimonio como deber social, ofrezco estas palabras. Según me consta y he podido observar en numerosas y variadas ocasiones, Romina Muñoz y Jorge Izquierdo tienen profundamente arraigada la noción de deber; están dotados de una enorme capacidad de servicio; y, poseen como parte de su naturaleza una disponibilidad inmediata para llevar a término cuánto estiman posible y benéfico para la comunidad. Los dos poseen, además, algo que admiro siempre: decoro, coraje y pureza de corazón.  

Pero no es la amistad, el respeto y la admiración solamente lo que me aconsejan que comparezca para este testimonio, sino aquello que debe regir el alma del testigo: la inclinación por la verdad, en la medida en que haya sido vislumbrada.

Nunca creí que fuera acertado por parte de Romina formar parte de este gobierno, pero siempre estuve dispuesto a reconocer que si al final podía ella hacer un balance favorable de su gestión, iba a merecer nuestro reconocimiento y aplauso.

Estoy lejos de simpatizar con el gobierno  del que mi amiga formó parte. Creo que es un gobierno que descarta el principio universal de funcionamiento de toda sociedad humana: el de la primacía de la norma. Un gobierno que no tiene el sentido de la ley ni la norma y que así no respeta  ni sus propias disposiciones. Un grupo oligárquico que gobierna principalmente para el sector agroexportador y para acuicultores ricos, un gobierno que se alinea indiscriminadamente con el capital  internacional y una de cuyas tareas es impedir el regreso al poder de la pseudo izquierda, en realidad una derecha disfrazada, que durante diez años gobernó Ecuador.

El resumen de gestión que ha presentado Romina Muñoz me convence una vez más de que su contextura moral y artística le ha hecho acertar plenamente en la dirección de la cultura del país. Hasta donde puedo ver, desde tan lejos, su política se puede resumir con algo que yo mismo he definido como revolucionario: la ética de lo pequeño. Su gestión ha sido incomparablemente valiosa, rica y democrática. Siempre he estado atento al manejo de la cultura en el país. Cuando, en 2008, circa, se creó el ministerio de cultura, publiqué un artículo en diario El Universo señalando lo que yo creía que debían ser las prioridades del nuevo ministerio. El primer ministro, Antonio Preciado, tuvo la gentileza de escribirme  y agradecerme, comentando que tendría presente las ideas expresadas. Lo cuento como referencia de mi interés por la gestión de la cultura en Ecuador. Cuando se crearon  los fondos concursables, me pareció una medida propia de un gobierno liberal, para la clase media, impropia de un pensamiento de izquierdas en un país sin archivo ni biblioteca nacional y con un índice de analfabetismo superior al cinco por ciento. A  lo largo de los años he hecho numerosos pronunciamientos públicos sobre las prácticas y políticas del ministerio de cultura. Sé, pues, lo que digo, cuando afirmo que el período en que Romina Muñoz dirigió el área de cultura del gobierno ha sido muy fructífero para el Ecuador.

He sabido que ciertos sectores sociales se preguntan si este es el mejor momento para la construcción del museo nacional. Por mi parte, creo que en un país con 5.000 años de historia todas las horas son la hora más adecuada y cada instante es el mejor instante para poner en el centro de la plaza pública esas 1’200.000 piezas arqueológicas cuyo presencia y trascendencia necesitamos, hoy más que nunca, hoy, en este juego a vida o muerte en que andamos.